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Caminata Braulio Carrillo

Por Giovanni Rodriguez

Para mas información de caminatas futuras contactar a Giovanni Rodriguez: giovanni.rodriguez@smp3.incae.edu

Los brazos del gigante Irazú se adentran en la montaña, uno claro el otro no, trae consigo el olor a entrañas de la tierra e invitan a caminar observando su belleza. Una hora antes habíamos salido del punto habitual, de la selva de concreto aún durmiente hacia el lugar en donde un montañista se siente pleno.

Durante el recorrido nos esperaban amigos y amigas de siempre y claro, los nuevos. Se nos hace vicio la adrenalina, vivir a plenitud y que nos envuelva montaña, río, selva. Estamos seguros los que ya hemos caminado juntos que los zapatos que nos unen por primera vez difícilmente dejan de venir y recorrer como un cien pies los senderos de la montaña.

La mañana nos sonreía con un cielo azul, tucanes, culebras, huellas de dantas y gruñidos de chancos de monte, congos a lo lejos, presagiaban una caminata cargada de paisaje y vida.

Los radios sirvieron para mantener más que la comunicación el humor del grupo. Desde cerveza hasta chifrijo, el sabor del mes: choco danta, en muy pocas una que otra indicación sobre el ritmo del grupo y la posición del gps.

El sendero de ancho a angosto, hacía que la espesura nos abrazara, al lado derecho el margen del río Sucio, el murmullo del agua no nos permitía distinguir entre el río Patria y los diferentes brazos y riachuelos que circundan estas montañas, como venas que alimentan la selva.

El río Patria, aquel que nos dejó frustrados a los que asistimos la caminata anterior, no le llegamos, no lo pasamos, para esta ocasión nos tenía un gran regalo.

Cerca de las tres horas de caminata llegamos a un claro en donde había un rancho, las fotos de un periódico de alta circulación reflejaban la soledad de algún hombre que pasada sus noche ahí. Se ve que le tenía cariño por que hasta en marco había puesto la figura de la voluptuosa mujer. Al lado tres o cuatro más, reímos mucho leyendo los pies de foto; todas eran volcanes, chineadoras y apasionadas.

Tomamos la merienda ahí, al lado, la música del río Patria subió de tono, nos llamaba, el agua cristalina, limpia como la montaña, brincaba las piedras del fondo y creaba un movimiento ondulante en la superficie.

Titi, nuestro baquiano, observó el panorama, hombre parco al hablar y luego de ver el panorama decidimos el punto por el que cruzaríamos el río.

Pensaba en los montañistas que horas atrás me dijeron lo tranquila y suave de la caminata. Me encantan las sorpresas y compartir con amigos montañistas que con orden y disciplina pueden estar muy por encima de los límites que creían tener.

Llegados al río, la pregunta era como pasar. Con una corriente tan fuerte como la del río Patria, la única opción era una cadena humana. Con el agua al pecho varios montañistas se formaron en una cadena. La corriente inflaba los pantalones y el reto era sostenerse, lo suficiente para permitir que el resto del grupo se apoyara en la cadena para cruzar hasta la otra orilla.

El susto era evidente en el rostro, duramos cerca de quince minutos cruzando el río. Finalmente y absolutamente empapados, nos secamos los pies y seguimos caminando al borde de aquel gigante que minutos atrás nos dijo: sí pasen.

El permiso es algo habitual en las culturas prehispánicas, pedir permiso para entrar a un lugar sagrado también es una costumbre entre los montañistas, así lo hicimos y se le agradece a la montaña y al río dejarnos pasar.

Varios pensaron que la caminata había pasado por el punto más alto de adrenalina, la pared de 30 metros que nos esperaba no sería sencilla, tardamos media hora en subir todos. Titi y varios montañistas desde el punto más alto con una cuerda, apoyaron el ascenso. Otros dos nos apostamos en medio de la arista para dar apoyo.

Las piedras sueltas caían y silbaban en su descenso, subir despacio era la tónica, poner los pies y las manos en el punto indicado era la clave, la piel de la pared, suave como el barro ponía un reto adicional.

Ya todos arriba y como si el canto del río fuera poco, a San Pedro se le ocurre limpiar la casa y empieza a correr los sillones. Los truenos anuncian que el agua esta cerca, entramos a espacio abierto con los riesgos que eso implica en una rayería, algunos insectos hacen fiesta con las manos y brazos de los montañistas.

El suelo saturado del potrero me recuerda aquella enseñanza de la U, cuando conviertes una montaña en pastizal el suelo se vuelve pobre, nada nace ahí y los animales que vivan y coman no serán sanos, pues cierto en esa tierra no crece nada y no se ve animal por lugar alguno, no sabemos la razón… la naturaleza es sabia.

Inicia la lluvia, los pantalones se lavan, los zapatos se embarrialan de nuevo las capas afloran sobre los montañistas tanto como los truenos en el cielo, parece un juego de pólvora, apuramos el paso, el riesgo es claro, cruzamos el río por última vez en esta oportunidad hasta la mitad de la pierna, el color chocolate del agua nos recuerda el montón de suelo que se pierde en la parte alta de la cuenca fruto de la deforestación.

Salimos a la civilización: siete horas de caminata, 13 kilómetros, ríos, animales, cansancio, paredes de barro, sonrisas y bromas. El color amarillo de la microbús nos anima y recuerda el calor del hogar y del abrazo de quien espera cuando llegamos.

Ya sobre la carretera se vuelven irónicos los segundos que se tardan cruzando el puente sobre el río versus el esfuerzo físico de hacerlo con todas las fuerzas del grupo. Pienso en que toda esa agua nos mojó, que rico, pienso en el calor que rico, amo el montañismo.

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